La respuesta no tiene nada que ver con el marketing ni con las estadísticas de apertura de los correos.

Tiene que ver con un ciclista, una fábrica y una pregunta que terminó cambiando mi manera de entender el aprendizaje.

Hace muchos años trabajaba en una fábrica. El turno de mañana incluía un descanso de 10:00 a 10:30. Salíamos a la puerta a almorzar y, delante, pasaba una carretera por la que solían circular ciclistas.

Un día, alrededor de las 10:15, me quedé mirando fijamente a uno de ellos.

Él siguió pedaleando y probablemente nunca supo que alguien lo estaba observando. Pero mi cabeza empezó a moverse.

Pensé que yo quería poder decidir qué hacer con mi tiempo. Quería construir una vida en la que, si algún día me apetecía, pudiera ser yo quien estuviera pasando por esa carretera en bicicleta. Quería poder elegir.

Durante días volvió una y otra vez en forma de una pregunta muy sencilla:

¿De verdad quiero estar aquí los próximos cuarenta años?

Hasta ese momento mi relación con el aprendizaje nunca había sido especialmente buena. Durante buena parte de mi etapa escolar estudiaba lo justo para aprobar. No porque aprender no me interesara, sino porque casi nunca encontraba sentido a lo que hacía.

Al terminar Bachillerato aprobé tres asignaturas en septiembre. Ni siquiera hice la prueba de acceso a la universidad. Elegí estudiar un ciclo formativo porque duraba solo dos años y me parecía la forma más rápida de incorporarme al mundo laboral.

Y lo hice. Trabajé en una fábrica durante cuatro años. Tenía buenos compañeros, disfrutaba del ambiente y fui feliz en muchos momentos. Precisamente por eso aquella pregunta resultó tan atrevida en aquel momento. No nacía del rechazo a mi vida, sino de la intuición de que quería ampliar mis posibilidades de elegir.

No dejé el trabajo de un día para otro. Durante dos años seguí trabajando por las mañanas mientras estudiaba en la universidad por las tardes. De 7:30 a 14:00 trabajaba. De 16:00 a 21:00 asistía a clase y al terminar entrenaba.

Fueron años exigentes. También fueron los años en los que empecé a descubrir que aprender podía tener un sentido completamente distinto.

Con el tiempo llegaron la universidad, la investigación, la docencia y una forma diferente de entender el aprendizaje. Ya no como una forma de acumular conocimientos o conseguir mejores notas, sino como una manera de ganar autonomía, ampliar el criterio y construir una vida con más margen de elección.

Por eso escribo casi todos los sábados a las 10:15.

No es una tradición ni una estrategia de comunicación. Es un recordatorio.

Un recordatorio de que los cambios importantes rara vez empiezan con grandes decisiones. Suelen comenzar con una intuición, una pregunta, una conversación o una escena aparentemente insignificante que nos obliga a mirar nuestra vida desde otra perspectiva.

Cada sábado, cuando preparo ese correo, intento no olvidar aquella mañana.

Aquel ciclista nunca supo que fue la última gota de vaso que inicio un cambio en la vida de alguien.

Y quizá esa sea una de las cosas más bonitas del aprendizaje: nunca sabemos qué idea, qué conversación o qué ejemplo puede convertirse en el punto de partida de una transformación.

Desde entonces intento recordar una idea que también da sentido a eduHacking:

No aprendemos para saber más. Aprendemos para adaptarnos mejor. Y a mayor capacidad de adaptación más presencial y mayores oportunidades para ampliar el número de futuros entre los que podemos elegir.

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