Esta no es una página para convencerte de nada.
Es simplemente la historia de por qué escribo cada sábado a las 10:15 y de cómo, sin saberlo, empecé a cambiar de dirección.

Durante buena parte de mi etapa escolar, mi relación con el aprendizaje fue mala. No por falta de interés, sino por falta de sentido. Acumulé suspensos desde 3º de EGB y aprendí pronto a sobrevivir al sistema: estudiar lo justo para aprobar en las recuperaciones de junio o septiembre y seguir adelante sin repetir curso.

Nunca me sentí especialmente bueno aprendiendo. Tampoco especialmente malo. Simplemente, desconectado.

Al terminar 2º de Bachillerato aprobé tres asignaturas en septiembre. No hice selectividad. La idea de estudiar varios años más no me decía nada. Opté por formación profesional porque duraba dos años. Me pareció una solución práctica.

Después del Grado Superior en Educación Infantil tampoco tenía claro mi sitio. Lo único que quería era trabajar, ganar dinero, comprarme un coche y salir con los amigos. Durante dos años trabajé a tiempo completo en una fábrica. Me lo pasaba bien, tenía buenos compañeros y me sentía cómodo. Era una vida sencilla y, en muchos aspectos, feliz.

El turno de mañana incluía un descanso de 10:00 a 10:30. Salíamos a la puerta de la fábrica a almorzar. Delante pasaba una carretera por la que solían circular ciclistas.

Un día, alrededor de las 10:15, me quedé mirando fijamente a uno de ellos. No ocurrió nada extraordinario, pero mi cabeza empezó a moverse. Pensé que yo quería poder manejar mi tiempo. Quería poder elegir. Quería, si me apetecía, estar en una bici a esa hora.

La idea no fue inmediata ni heroica. Fue incómoda. Empezó a aparecer una pregunta persistente: ¿de verdad quiero estar aquí los próximos cuarenta años?

No dejé el trabajo en ese momento. Durante dos años más estuve en la fábrica a tiempo parcial y estudié en la universidad por la tarde. De 7:30 a 14:00 trabajaba. De 16:00 a 21:00 estudiaba. Fueron años exigentes, pero también muy formativos. Ahí empecé a madurar de verdad.

Hice buenos amigos en la fábrica. El día que me despedí, llegué llorando a casa.

Con el tiempo llegaron los estudios universitarios completos, la investigación, la docencia y una forma distinta de relacionarme con el aprendizaje. No porque todo se volviera fácil, sino porque empezó a tener sentido.

Hoy escribo cada sábado a las 10:15 como un pequeño homenaje a ese momento silencioso en el que entendí que aprender no iba de rendir mejor, sino de poder elegir mejor. De disponer de tiempo, de criterio y de margen para pensar.

Ese correo no es una lección ni una receta. Es un recordatorio semanal —para mí, antes que para nadie— de que los giros importantes rara vez empiezan con grandes decisiones. A veces empiezan simplemente mirando a alguien pasar en bici, un día cualquiera, a las 10:15 de la mañana.

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