¿Sabemos relacionarnos con la información digital?

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La red podría ser la más potente tecnología de alteración de la mente humana que jamás se haya usado de forma generalizada. Como mínimo, es lo más potente que ha surgido desde la imprenta

NICHOLAS CARR

Desde hace un tiempo -especialmente desde el confinamiento- me preocupan ciertos aspectos vinculados con nuestra relación con la información digital: el impacto negativo del exceso de información; las noticias falsas; la falta de autocontrol en su consumo; su adicción; los hábitos compulsivos asociados; la ausencia de pensamiento crítico para evaluarla correctamente; o el uso abusivo que las empresas de tecnología hacen compitiendo por nuestra atención para crear nuevos deseos y vender más.

¿Qué influencia está teniendo el consumo de información digital en estos trastornos o problemas? ¿Es una nueva adaptación evolutiva o es un mal uso de la tecnología? ¿Conocemos y aceptamos el coste de la hiperconexión? ¿Qué nuevas habilidades son necesarias para equilibrar nuestros deseos, los de las empresas tecnológicas y los del mercado laboral? Estos y otros interrogantes nos pueden guiar para estudiar cómo las condiciones socioeconómicas y políticas favorecen que la información fluya por las tecnologías digitales y sea consumida de una determinada manera. También nos invitan a pulsar el botón del pensamiento crítico ante la abundante y cambiante información digital.

Esta es la dirección que sigue este artículo de blog. Pretendo analizar un contexto influenciado enormemente por la información digital y los algoritmos que provocan su fragmentación y circulación. Además, escribo sobre el concepto de gestión personal de la información digital que nos permite pasar a la acción y buscar soluciones educativas para mejorar el autocontrol. Se trata de comprender que nuestros filtros biológicos son crackeados continuamente por los algoritmos informáticos de los medios sociales (y otras tecnologías digitales).

Beneficios y costes

Incontables son las ventajas de la apertura de la información gracias a la llegada de Internet. Permite a muchas personas tener éxito personal y profesional gracias al desarrollo de la capacidad de aprender a aprender en contextos digitales, sin depender exclusivamente de la obtención de titulaciones universitarias. Un buen ejemplo es el boom actual de emprendedores digitales que basan sus modelos negocios en infoproductos.

Sin embargo, el precio que estamos pagando no está totalmente claro. Y si lo está, o no lo estamos entendiendo correctamente o no somos conscientes de muchas de nuestras limitaciones fisiológicas y mentales para adaptarnos a este nuevo contexto digital. Existe un choque evidente entre la lentitud con la que evoluciona nuestro cerebro y las exigencias que las tecnologías digitales están imponiendo. Pero hay más desajustes. Estamos inmersos en una profunda revolución en el ámbito de la comunicación humana mediada por las tecnologías, escenario que va mucho más rápido que el conocimiento científico que trata de explicar y predecir sus efectos (Pedrero-Pérez et al., 2018). Dicho de otro modo, estamos en fase de experimentación permanente con nuestra salud.

Muchos señalan a la tecnología que habita en Internet como la causante del aumento de problemas como: la atención, la inestabilidad emocional, los problemas de motivación o los problemas inhibitorios en el control del comportamiento social. Sin embargo, coincido con Pedrero-Pérez et al. (2018) en que debemos plantearnos si estos problemas favorecen el uso problemático de las tecnologías o si estos son consecuencia de una excesiva inmersión en estos recursos. Y que por cierto, según este estudio, es un hecho generalizado independientemente del país, sexo, edad o nivel cultural.

Una de las claves es investigar cómo una persona puede gestionar adecuadamente la información digital. La meta final es ayudar a las personas a que tengan las competencias necesarias para encontrar un mayor equilibrio entre lo digital y presencial. La idea es alejar a las personas de elementos que perjudican seriamente su aprendizaje y estado de salud. Hablamos de ansiedad, depresión, baja productividad, baja capacidad de autorregulación, estrés crónico de bajo grado, insatisfacción personal o aprendizajes superficiales.

El reto es encontrar evidencias que ayuden a las personas a lograr sus metas, comunicarse mejor y aprender de forma permanente sin poner en riesgo su salud. No nos encontramos ante nuevos problemas psicopatológicos o patologías sociales y digitales a la altura de una epidemia. Estamos ante un profundo y continuo cambio que requiere soluciones educativas guiadas por evidencias en un contexto complejo y dominado por las empresas tecnológicas.

La gestión personal de la información digital

Internet como espacio, el móvil como dispositivo, las redes sociales, los juegos online y la mensajería instantánea, vienen ocupando la mayor parte de la preocupación en los estudios. Sin embargo, detrás y en modo oculto, puede estar existiendo un verdadero problema de la gestión personal de la información digital, que en no pocas ocasiones, acaba derivando en los problemas citados. La sociedad hiperconectada (no solo incluye a los menores de 30 años) tiene -en general- una baja competencia en este sentido, provocando hábitos compulsivos no saludables (muchos aceptados y bien vistos socialmente) y problemas de aprendizajes profundos.

En López et al. (en prensa) señalamos que estos desafíos pueden tratarse mediante al desarrollo competencias de gestión personal de la información que permitan relacionarnos con la información con menos estrés, mayor eficiencia y productividad o vencer la sensación de exceso de información (Jones y Thomas, 1997). Sin embargo, el punto de partida del estudio de este proceso no es muy sólido. No existen demasiados estudios específicos que puedan señalar que es actualmente relevante en las competencias que cualquier ciudadano necesita en la sociedad hiperconectada. Donde sí encontramos más investigaciones que tratan este proceso es dentro del marco de la competencia digital y especialmente de la competencia informacional. El problema es que suele hacerse de forma más superficial.

La gestión personal de la información digital se podría definir como el conjunto de acciones que una persona realiza para manejar la información digital que busca, trata y aplica de manera deliberada, eficiente y crítica. Con el fin de profundizar más en esta definición, incluyo las siguientes capacidades y habilidades:

Búsqueda de información: planificar el proceso (identificar una necesidad, organizar un plan de trabajo de búsqueda), localizar (conocer recursos y estrategias de búsqueda) y recuperar (extraer su valor y almacenar).
Tratamiento de la información: seleccionar (localizar ideas relevantes y contrastar) evaluar y criticar (valorar los resultados según su fiabilidad, apertura a nuevas ideas e identificar ideologías o intereses) y procesar y crear (sintetizar información, crear nuevas relaciones y estructuras, producir conocimiento).
Aplicar: evaluar el proceso y toma decisiones.

Todas las acciones incluidas en esta definición están vinculadas con procesos cognitivos de la persona. Esto no quiere decir que estas acciones no sean influenciadas por otras personas y más si cabe en un mundo hiperconectado donde el aprendizaje es cada vez más social y abierto.

¿Qué podemos hacer?

Reducir el impacto negativo del uso abusivo o compulsivo de la información digital requiere tomar conciencia del contexto cambiante actual. Es clave activar el botón del pensamiento crítico y gestionar adecuadamente nuestro proceso motivacional. Las soluciones más importantes vienen desde la educación puesto que las empresas tecnológicas buscan vender sus productos captando nuestra atención y no alfabetizar a la población (como es normal). Mientras recabamos más evidencias y experiencias, podemos pasar a la acción desde dos grandes enfoques:

Optimizar el proceso de búsqueda, selección y evaluación de la información

– Planificar el proceso de búsqueda de información concretando desde el principio qué necesitamos para lograr nuestros objetivos, cuánto tiempo le podemos dedicar, dónde vamos a buscar la información…

– Seleccionar herramientas de búsqueda que nos puedan asegurar más calidad que los resultados que nos ofrece Google que, como sabemos, utiliza algoritmos que no buscan filtrar la información según la calidad de la información.

– Delimitar el qué, el cómo, el cuándo y el dónde buscar la información.

– Diferenciar entre el proceso de selección y el de evaluación de la información.

Gestión de la atención desde el equilibrio digital

– Priorizar y ajustar expectativas según nuestros valores y circunstancias. Por ejemplo, monitorizando el tiempo y analizando en qué gastamos nuestra limitada atención mientras consumimos información digital.

– Configurar las notificaciones de nuestros dispositivos.

Limitar las interrupciones.

– Abandonar (cuando sea posible) la multitarea.

– Planificar las tareas a realizar.

– Planificar el descanso.

– Crear hábitos de desconexión y conexión con los demás.

Ayunos digitales intermitentes.

Dos retos

Para finalizar te lanzo dos sencillos retos para continuar con la reflexión de base de este artículo:

  1. Trata de estar 24 horas sin utilizar ningún tipo de medio (móvil, tableta, portátil y TV) y reflexiona sobre los efectos de este intento. ¿Sencillo? El 70% de mis estudiantes de los últimos 4 años no lo ha conseguido. Si lo consigues, ¿en qué ámbitos te ha afectado más esta desconexión?
  2. Cuando dejes de usar tu móvil, piensa cuál fue el motivo inicial de utilizarlo.